Andaba yo por el aeropuerto de Lima con
mucho tiempo, y, por razones que no diré aquí, sentía la necesidad de mimarme,
de hacerme bien, de sentirme bien tratado. Divisé un Spa, ofrecían masajes y reflexología, aparte de otras cosas que no me interesaban mayormente (manicure,
pedicure, depilación y derivados, lo que suele buscar su público general, el género femenino). Vi el menú, no me podía pagar un masaje,
pero sí una afeitada. Salía la foto de un tipo con un paño caliente en la cara
y una faz de gozo y relajación envidiables, así que quise emularlo. Tras mucho
cavilar, me animé, sobre todo porque mi barba ya tenia meses en la que solo la
acortaba y me molestaba.
Entre, me sentaron en un sillón grande y
reclinable, que me permitía inclusive subir las piernas, como los de los
dentistas pero suave y lujoso. Se me acercó la dama con la cuchilla de afeitar
(esos tipo cuchillo) y ahí comenzaron los problemas.
Agarra la espuma de lata y me la quiere
echar. ¿Qué, no me va a poner un paño caliente? ¿Paño? Sí, para humedecer la
barba. Bueno, me explico que no solía afeitar. Ok, le explique a mi vez que los
hombres nos ponemos agua caliente para suavizar la piel. Ah. Fue a preguntar a
su colega al lado, la que sabia todo, y esa le contestó: No, la foto es solo
referencial (sic!). Así que adiós relajación. Ok, seguiré envidiando al de la foto. Le
dije si no tenía al menos agua, pues en la misma lata de espuma dice Humedezca
la piel. Amablemente, pues tenia buena disposición de acceder a mis pedidos
como aquel que se suele afeitar, me la trajo, y me comenzó a humedecer la barba
con un pad, o sea, no se mojaba la piel sino la puntita de los pelos. Luego esparcía
la espuma por segmentos. Le recomendé esparcirla por toda la barba para irla
suavizando, pero creo que más elegante se veía si me la ponía por partes, pues
continuó en eso. Me pasaba la cuchilla, yo percibía como escarbaba ese
instrumento mi piel, ya que estaba seca, y por más cuidado que ponía la
operadora, me sentía como jardín rastrillado. A veces notaba un pequeño corte.
Al llegar al mostacho le pedí poder mojarme yo mismo bien la piel, pues esa es
la parte más difícil. Y notaba como se le atracaba la cuchilla. Le recomendé
hacer la primera pasada en dirección del pelo y recién luego en contra, etc.
Igual, obviamente por no haber suavizado la piel ni el pelo con el extrañado
paño o agua muy caliente, se atracaba el rastrillo.
En fin, terminó, y continuaron los
problemas. Donde yo esperaba un fino y caro (pues barato no era el lugar) After
Shave, apareció un spray de alcohol al 95%. Me preguntó si aguantaba, le dije
pues si, ni modo, pues esto había que desinfectarlo. Mentiría si dijese que,
encima por el efecto de piel a tajo abierto, no ardió mucho. Comenté que había
un producto para después de afeitarse que desinfecta pero de manera menos
agresiva, con aditamentos que cuidan la piel, y que justamente se llama After
Shave. Dijo que mi piel parecía algo delicada, supongo después de ver de que
color y en que estado había quedado.. Luego me puso un poco de un gel con aloe
vera, que supongo al fin era el tratamiento especial, aunque venia en un
pequeño tubito rellenado.
Al final me acerqué a la administradora
de turno y le apunte algunas sugerencias: POR FAVOR USEN PAÑO CALIENTE Y AFTER
SHAVE. Me dijo que la operadora era nueva, pero le contesté que ella había hecho
su mejor esfuerzo, obviamente, el problema era que el lugar muy elegante
especializado en mujeres ofrecía servicios para hombres pero no consideraba de
manera alguna nuestras características ni necesidades. Le comenté que la única afeitada
al seco que hacemos es con máquina, que es indispensable considerar el agua
caliente para ese pelo que es duro, y si tenían tantos productos elegantes y
caros para mujeres, pues seria de esperar que tuviesen alguno para hombres. Todo
claro en la mejor onda, les pedí tratamiento de acuerdo a la especie animal, y
les recomendé el After Shave de Weleda, excelente para piel sensible como la
mía afirmé, o sensibilizada a rastrilladas en seco, como la mía, pensé.
Salí sobándome la cara pero, la verdad, también
divertido y sonriendo por lo absurdo de la situación. Me vi en un espejo, mi
cara estaba roja y con algunos puntitos más rojos, donde había habido un cortesito. Pasó más de una semana para que mi cara dejase de verse como campo arado de marte…
Aprendí: Si vas a gastar dinero en
bienestar, sobretodo en lugares especializados, asegúrate que la gente sepa lo
que hace.. Y si, hombres en realidad no estamos considerados como público en esos lugares, es cierto, digan lo que digan…
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