viernes, 21 de diciembre de 2012

Viscicitudes en un Spa

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Andaba yo por el aeropuerto de Lima con mucho tiempo, y, por razones que no diré aquí, sentía la necesidad de mimarme, de hacerme bien, de sentirme bien tratado. Divisé un Spa, ofrecían masajes y reflexología, aparte de otras cosas que no me interesaban mayormente (manicure, pedicure, depilación y derivados, lo que suele buscar su público general, el género femenino). Vi el menú, no me podía pagar un masaje, pero sí una afeitada. Salía la foto de un tipo con un paño caliente en la cara y una faz de gozo y relajación envidiables, así que quise emularlo. Tras mucho cavilar, me animé, sobre todo porque mi barba ya tenia meses en la que solo la acortaba y me molestaba.
Entre, me sentaron en un sillón grande y reclinable, que me permitía inclusive subir las piernas, como los de los dentistas pero suave y lujoso. Se me acercó la dama con la cuchilla de afeitar (esos tipo cuchillo) y ahí comenzaron los problemas.

Agarra la espuma de lata y me la quiere echar. ¿Qué, no me va a poner un paño caliente? ¿Paño? Sí, para humedecer la barba. Bueno, me explico que no solía afeitar. Ok, le explique a mi vez que los hombres nos ponemos agua caliente para suavizar la piel. Ah. Fue a preguntar a su colega al lado, la que sabia todo, y esa le contestó: No, la foto es solo referencial (sic!). Así que adiós relajación. Ok, seguiré envidiando al de la foto. Le dije si no tenía al menos agua, pues en la misma lata de espuma dice Humedezca la piel. Amablemente, pues tenia buena disposición de acceder a mis pedidos como aquel que se suele afeitar, me la trajo, y me comenzó a humedecer la barba con un pad, o sea, no se mojaba la piel sino la puntita de los pelos. Luego esparcía la espuma por segmentos. Le recomendé esparcirla por toda la barba para irla suavizando, pero creo que más elegante se veía si me la ponía por partes, pues continuó en eso. Me pasaba la cuchilla, yo percibía como escarbaba ese instrumento mi piel, ya que estaba seca, y por más cuidado que ponía la operadora, me sentía como jardín rastrillado. A veces notaba un pequeño corte. Al llegar al mostacho le pedí poder mojarme yo mismo bien la piel, pues esa es la parte más difícil. Y notaba como se le atracaba la cuchilla. Le recomendé hacer la primera pasada en dirección del pelo y recién luego en contra, etc. Igual, obviamente por no haber suavizado la piel ni el pelo con el extrañado paño o agua muy caliente, se atracaba el rastrillo.

En fin, terminó, y continuaron los problemas. Donde yo esperaba un fino y caro (pues barato no era el lugar) After Shave, apareció un spray de alcohol al 95%. Me preguntó si aguantaba, le dije pues si, ni modo, pues esto había que desinfectarlo. Mentiría si dijese que, encima por el efecto de piel a tajo abierto, no ardió mucho. Comenté que había un producto para después de afeitarse que desinfecta pero de manera menos agresiva, con aditamentos que cuidan la piel, y que justamente se llama After Shave. Dijo que mi piel parecía algo delicada, supongo después de ver de que color y en que estado había quedado.. Luego me puso un poco de un gel con aloe vera, que supongo al fin era el tratamiento especial, aunque venia en un pequeño tubito rellenado.
Al final me acerqué a la administradora de turno y le apunte algunas sugerencias: POR FAVOR USEN PAÑO CALIENTE Y AFTER SHAVE. Me dijo que la operadora era nueva, pero le contesté que ella había hecho su mejor esfuerzo, obviamente, el problema era que el lugar muy elegante especializado en mujeres ofrecía servicios para hombres pero no consideraba de manera alguna nuestras características ni necesidades. Le comenté que la única afeitada al seco que hacemos es con máquina, que es indispensable considerar el agua caliente para ese pelo que es duro, y si tenían tantos productos elegantes y caros para mujeres, pues seria de esperar que tuviesen alguno para hombres. Todo claro en la mejor onda, les pedí tratamiento de acuerdo a la especie animal, y les recomendé el After Shave de Weleda, excelente para piel sensible como la mía afirmé, o sensibilizada a rastrilladas en seco, como la mía, pensé.

Salí sobándome la cara pero, la verdad, también divertido y sonriendo por lo absurdo de la situación. Me vi en un espejo, mi cara estaba roja y con algunos puntitos más rojos, donde había habido un cortesito. Pasó más de una semana para que mi cara dejase de verse como campo arado de marte…

Aprendí: Si vas a gastar dinero en bienestar, sobretodo en lugares especializados, asegúrate que la gente sepa lo que hace.. Y si, hombres en realidad no estamos considerados como público en esos lugares, es cierto, digan lo que digan…

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