sábado, 7 de enero de 2017

Tendencia: la destrucción del placer de oír música. 


Hay dos modas actuales que nos sustraen lo más bello de oír música. Una es causada por ignorancia, la otra por flojera.

Comienzo con la segunda, que es la más nueva, y la más influenciada por la interacción de desarrollos tecnológicos con hábitos cotidianos.
En el oscuro pasado era imprescindible ir a un lugar específico para oír gente producir diversas melodías (=concierto), y hace solamente una o dos décadas atrás, para iniciar el rito del oír música, era menester poner un disco o un casete en un aparato reproductor. Hoy, sin embargo, los aparatos que llevamos cotidianamente con nosotros son capaces de almacenar y producir música = laptop o celular (sea en memoria del aparato o por internet); y buena parte del público los usa para ello. El problema de oír música mediante estos dispositivos - que nos están tan pero tan a la mano - es que son absolutamente incapaces de reproducir una buena parte del espectro musical. Por una simple razón: las ondas sonoras necesitan espacio físico para formarse. Los bajos (pero no solo ellos) necesitan una amplitud que la delgadez de los parlantes de una laptop, amén de un celular, llanamente no pueden proveer (no, NINGUNA marca). Como ejemplo: al ver una peli de suspenso en laptop, te pierdes, inevitablemente, los bajos que construyen la tensión.
El efecto de la flojera de no conectar un parlante o  audífonos buenos (y no solo aquellos que bastan para escuchar la voz de un interlocutor) lleva, como tendencia, que las exigencias del consumidor hacia la calidad sonora tanto del reproductor como de la grabación misma sean cada vez más bajas.

El segundo punto es más antiguo, rige hace décadas. La ignorancia acerca de como percibimos las frecuencias sonoras lleva a creer que mayor volumen significa oír más. El oído no funciona así, y en realidad, no es difícil entender lo absurdo de la idea si uno se detiene un instante a imaginar como funciona el oído, nuestro sentido más elaborado, más exacto, y más sensible.
En consecuencia vemos que lo que rige hoy por hoy la promoción de aparatos es, si hablamos de números, su volumen y no su rango de frecuencias (o su diseño con o sin lucecitas).
Otra consecuencia de la ignorancia de lo que es frecuencia es la manipulación de ecualizadores: hay gente que sigue pensando que "bajos" y "altos" es volumen. No, siento comunicar que solo donde dice volumen se manipula el volumen, el resto es ... distorsión. Ejemplos: en casi toda fiesta vemos que los ecualizadores del amplificador destrozan el cuidadoso trabajo del profesional que grabó la canción con la que bailamos, casi cualquier tele viene con decenas de ecualizaciones que convierten la complejidad sonora de una película en una basofia de ruido (la única que le hace justicia al universo de trabajo detrás del soundtrack es "flat"= plano = neutro), y sobre todo, no hay parlante en evento donde algún genio no ha subido toda perilla (inclusive, si la halla, una llamada "echo") convirtiendo la voz del tipo con el micrófono en un mix entre el tono metálico de C-3PO y la claridad de R-2D2. En otras palabras: si en alguna conferencia les parece que el ponente no sabe articular, es probable que alguien muy inteligente ha subido cuanta perilla halló. Ayuden al expositor y al público, muevan todo hacia 0, excepto aquello donde dice volumen (caso dado también gain=volumen de entrada).
La noción de equiparar volumen con calidad ha llevado al loudness-war - que afecta también los discos de las bandas buenas:
http://soundcheck.com.mx/por-que-las-grabaciones-de-hace-treinta-anos-suenan-mejor-loudness-war/

Una idea desgraciadamente asociada al segundo punto es que mayor volumen implica mejor ánimo, con el efecto de que en todo tipo de actividades, desde reuniones en casa hasta eventos públicos, se suba el volumen sin ningún criterio ni de alcance (hasta qué distancia necesaria se oye todas las frecuencias) ni de daño. Daño, exacto, pues a partir de 80 db hay daño posible, según el tiempo de exposición. A diferencia de algunos animales, nuestro oído no se regenera, y niños son obviamente más sensibles.
https://www.nidcd.nih.gov/es/espanol/perdida-de-audicion-inducida-por-el-ruido

Propongo al amable lector un experimento al respecto: baje cualquier aplicación de celular para medición de decibles, y explore su entorno. Sobre todo si tiene hijos: vigile su exposición. Yo tengo a una cuadra un colegio de primaria  (Sta Rita de Casia), los micros de los moderadores en sus eventos deportivos (amén los musicales) suelen sobrepasar los 85 decibeles midiendo detrás de la pared del plantel, así que calculo que los niños están expuestos a más de 100. En un evento de danzas me exasperó no poder oír en mi depa, con ventanas cerradas, mi peli con audífonos puestos, así que fui y pregunté (aún no usaba la aplicación) cuanta potencia habían usado: si no mal recuerdo, eran 30mil watts para un público a max 8 metros de distancia. Lo peor es que el sonidista estaba no delante, sino detrás de los parlantes - obviamente donde menos y peor se les oye.

Es una pena que estas dos tendencias sigan creciendo, no solo por lo que significa para el intenso trabajo de los que gestan las grabaciones que llegamos a oír, sino en especial por el universo de placer que perdemos.

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